Humberto Iduarte

El músculo vacío de la política, la esencia del acarreo.

El Zócalo capitalino vuelve a ser escenario de un espectáculo que ya conocemos: miles de ciudadanos trasladados en caravanas organizadas, con transporte, viáticos y hospedaje cubiertos por gobiernos y municipios.

El acarreo, esa práctica tan vieja como persistente, se intenta presentar como prueba de fuerza política.

Pero lo que se exhibe no es fuerza, sino un músculo vacío. La política se reduce a un concurso de números, como si llenar plazas equivaliera a llenar conciencias.

La metáfora escolar es inevitable: niños midiendo fuerzas con los brazos en la primaria, apostando quién aguanta más y quién vence. Hoy, los adultos en el poder repiten el mismo juego, solo que con camiones y presupuestos públicos.

El costo económico es enorme, pero el costo simbólico lo es aún más. Cada peso invertido en trasladar multitudes es un peso que no se dedica a escuchar, a construir propuestas, a atender las necesidades de los ciudadanos.

La política se convierte en un espectáculo de resistencia, mientras la dignidad ciudadana queda relegada, observando, midiendo y creando cada vez más su inconformidad.

La pregunta que queda flotando es sencilla y profunda: ¿queremos seguir midiendo la política en brazos y camiones, o en ideas y dignidad?

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